¿Por el tango o por Gardel?

Desde 1977, por disposición del gobierno argentino, todos los 11 de diciembre se festeja el Día Nacional del Tango, coincidiendo con el aniversario natal de Carlos Gardel y Julio DeCaro que nacieron en distinto año pero en el mismo día y mes. No mentimos al decir que como día de tango y natalicio de DeCaro, en más de media docena de años ha pasado este día inadvertido, con la sola excepción de los gardelianos que dificultamos lo olviden.

Es que Charles Romualdo Gardés sólo lo fue así hasta los tres años de vida y de allí para adelante, lejos de su cuna francesa afincado en el ya deslumbrante predio de Juan de Garay, su Buenos Aires querido, asimiló todo aquello que brotaba de labios del cantar plebe de su ciudad adoptiva y frente a ese enjambre de palabras que formaban los diccionarios de la lengua, nuestra lengua hispana, se alza la corriente tan expresiva llena de verdad y llena de fuerza e impulso de vertientes inagotables que es el hablar plebeyo, hablar del que bebieron Gardel en el suburbio porteño así como Felipe Pinglo en su barrio limeño, casi por el mismo tiempo, instantes en que el minué y la gavota, así como otros bailes eran desplazados como por arte de magia por el tango en Buenos Aires y el vals en Lima.

Internacionalmente el tango tuvo más fortuna por razones obvias; el fenómeno Gardel se hizo carne en las juventudes de París, Madrid, Barcelona y otras grandes urbes latinas de Europa; y desde 1928, es Carlos Gardel el que enarbola la bandera del tango en todas las latitudes con su voz, con su acento, su personalidad definida y una simpatía ilimitada que a pesar de los grandes frutos que produjo su obra al advenimiento de nuevos músicos y cantores, él, después de 50 años de ausencia terrena, sigue siendo la vigencia del tango.

Podemos asegurar que hoy en Buenos Aires el Día del Tango no es el que interesa a los porteños. Hoy lo que ellos van a recordar, con la nostalgia de siempre son los 99 años que en esta fecha cumpliría, como declaró para El Comercio alguna vez Enrique Cadícamo, ‘el que no tiene substituto’. Esta fecha gardeliana nos invita a una reflexión. Que la canción popular latinoamericana, entre las que podemos citar las de Argentina, Brasil, Cuba, Chile, México, la nuestra, entre cuyos juglares bien puede mencionarse a Enrique Santos Discépolo, Ari Barroso, Ernesto Lecuona, Osmán Pérez Freyre, Agustín Lara, Felipe Pinglo y Chabuca Granda, por no mencionar más, se han enraizado tanto que demuestran claramente que son el fruto de un mensaje palpitante que ha brotado espontáneamente del alma misma. Y pasará la centuria y seguirán perennes.

Lunes 11 de diciembre de 1989.

Por Gonzalo Toledo

Columna “Déjame que te cuente…” (Diario El Comercio)

Andrés Cárpena, el gardeliano de Lima

Es en este mes de junio que el mundo latino evoca con sentimiento a Carlos Gardel, mito cantor desaparecido en 1935 en tragedia aérea de Medellín. A él se le atribuye con razón la consagración del tango en el gusto público y al hablar de Gardel entre nosotros, se justifica hacerlo también con el más fervoroso de los gardelianos: Andrés Cárpena.

Andresito, como cariñosamente se le llama, que hizo sus primeras armas de glosador de tangos, circunstancialmente en Radio Mitre de Buenos Aires en 1950, se debió a invitación del notable Julio Jorge Nelson, el más enterado tratadista de Gardel y por ende muy gardeliano entre los bonaerenses, que conducía un programa en esa emisora.

Andrés, integrante de «la barra» que se reunía en cercana esquina de la Av. Arenales donde tenía sus estudios la estación, ya era plenamente capacitado para oficiar de glosador por cuanto había leído mucho a esclarecidos lunfardistas como José Alvarez, Miguel Ocampo, Angel Villoldo, Celedonio Flores, el Yacaré y Pascual Contursi, alternado con Alberto Vacarezza, Enrique Cadícamo, Josué Quesada, Julián Centeya y Carlos de la Púa. Pero fue la lectura de Benigno Baldomero Lugones, reconocido entre los más notables estudiosos del lunfardo, que lo convirtió en fanático de Gardel.

Nuestro compatriota asoció el talento de Lugones y el virtuosismo del cancionero de Gardel y llegó a la conclusión que han llegado todos, que Carlos Gardel inventó el tango y en su voz ganó al mundo latino, introduciendo el hablar canero, al que Lugones le dio otra personalidad, al recoger la voz lunfarda con la que se designa al sector porteño del hampa, a quienes viven en él y su peculiar manera de expresarse: «Qué te voy a hablar de Buenos Aires, si el tango lo dice todo…».

Andrés Cárpena tuvo auspicioso ingreso a los centros nocturnos de la capital platense. Ya en Lima, en la década del 60, se instala en su local ‘El Rincón de Buenos Aires’ en Miraflores y luego pasa por todas las tanguerías hasta convertirse casi insustituible para decir glosas de tango: «Que haces vals, con vos tengo que hablar. / Me viste entrar en tu casa sin preguntarme quién era, no te importó que un cualquiera venga a sentarse a tu mesa. / Yo vine con mi tristeza a compartir junto a vos lo que nos pasa a los dos. / Vos sos vals, yo soy el tango. / A tí te cantó el gran Pinglo a mi Carlitos Gardel. / Sos el hijo del plebeyo que en el huerto de su amada se le cayó un lagrimón cuando lloró su guitarra. / Yo también cuesta abajo por la vida voy rodando. / Por eso es que argentinos y peruanos por el mundo van cantando».

Ahora que se aproxima el 55 aniversario de la tragedia de Medellin, Andrés Cárpena con sus nostálgicas glosas en ‘Caminito’ y emisoras locales evocará al zorzal criollo que cada día canta más.

Lunes 11 de junio de 1990.

Por Gonzalo Toledo

Columna “Déjame que te cuente…” (Diario El Comercio)

La historia del ‘callejón oscuro’ que mandó a la clínica al joven Alfredo Bryce

Una nota del El Comercio del 28 de Junio de 1952 decía que un niño del colegio Santa María se había desmayado tras pasar dos veces por un callejón oscuro de 120 alumnos. Ese niño se llamaba Alfredo Bryce Echenique.

Nos recibe en su departamento de San Isidro. Amable y sereno reflexiona sobre su vocación literaria.

— La niñez y la adolescencia son etapas claves. ¿Qué personas pueblan ese mundo en su caso?
Pertenecí a un tipo de familia que ya no existe, una que reía mucho y se visitaba constantemente. Todos tenían un gran sentido del humor, de la autoironía. Yo era un niño muy observador de ese mundo.

— En “No me esperen en abril” (1995) se narra un violento callejón oscuro contra el protagonista Manongo Sterne. Ese hecho le ocurrió a usted en 1952 en el colegio Santa María…
Sí, me ocurrió. Yo era el brigadier, y un torpe instructor premilitar me castigó por no detenerme; solo me distraje, pero igual me hizo pasar por el callejón oscuro. Esa tarde había 120 alumnos, dos filas de 60, era un recorrido muy largo y yo era muy nervioso. Y nunca falta un Judas, un Caín que te da un golpe de verdad. Ya había pasado una vez y el instructor me ordenó que lo hiciera de nuevo. Y le dije: “Paso, pero con usted”. Terminé mal, me llevaron a la dirección.

— Y lo internaron en la Clínica Americana…
Estaba con un ataque de rabia. Me llevaron a la Clínica Americana. Fue el director del colegio, un norteamericano que hablaba un pésimo castellano, el que habló con mi madre y le dijo que había ocurrido una “tragedia”. Esto hizo que ella y todo el mundo se descontrolaran. El único que actuó con serenidad fue mi padre, que apareció en la noche. La noticia salió en los periódicos. Mi padre nos retiró a todos de los colegios norteamericanos. Yo fui al San Pablo, un internado inglés.

— ¿En ese entorno, cómo fue su cercanía con la literatura? Debe haber un instante como lector…
Yo no era lector. Muchos amigos de mis padres y tíos me regalaban libros, y me ponía furioso porque no me daban otra cosa. Nunca fui lector de literatura infantil. Me tumbaba en mi cama y hacía mis propias novelas. A veces había ruidos en mi cuarto y se acercaban y me escuchaban que me carcajeaba o lloraba. Quizá lloraba cuando imaginaba la muerte de un amigo muy querido, pero todo era ficción, asociada a hechos y cosas del cine o canciones. Creo que allí nació el escritor.

— ¿Qué historias contaba?

Contaba que mi padre era Arnaldo Alvarado, el campeón nacional de automovilismo. Y es que mi padre era muy poco heroico, pero tenía un carro exacto al corredor. Era un modelo del 46, un Ford Coupé, y Alvarado con ese carro hacía maravillas en el circuito. Un día que mi madre apareció en el colegio, mis compañeros se fueron encima del carro para preguntarle si era la esposa de Alvarado. Ella completó el cuento: “¡Pero, por supuesto, si Alfredo lo dice cómo no lo voy a ser!”.

— ¿Pero cuándo se reconoció a sí mismo como escritor?
Tenía 13 años cuando llegué al San Pablo y allí había un profesor estupendo, Ricardo Nugent Valdelomar, sobrino de Abraham Valdelomar. Él tenía casa allí y era soltero. Nos recibía, ponía música, leía libros, y fue el primero que me dijo: “¡Tú eres escritor, no necesitas escribir para serlo!”.

— ¿Qué sintió al escuchar esa frase?

La acepté por su explicación. Nugent me dijo que yo veía el lado de la realidad que nadie veía, que arreglaba las heridas de la vida, como en el cuento de Alvarado.

— En San Marcos deambulaba entre leyes y poemas.
No me quejo de haber estudiado Derecho. Para mí el ingreso a San Marcos fue el ingreso al Perú. Esos años marcaron mi formación.

— Pero usted es escritor, y la literatura debió ser su principal interés. ¿Por qué Derecho?
Porque mi padre tenía tres hijos hombres: el primero una tragedia, el segundo un dolor de cabeza, y yo el tercero, quien lo amó, quiso darle un diploma. Hay un hecho impresionante: el día que me gradué, mi padre fue operado del mal que lo mataría. Corrí desde el Patio de Derecho hasta la Clínica Internacional en Wilson, donde mi padre estaba internado. Al enseñarle el diploma le dije: “¡Mira, papá, hay un hijo que sí te da gusto!”. Cuando murió, yo ya estaba en Europa.

— Muchos escritores relacionan la literatura con el dolor, pero para otros es un goce. ¿Qué piensa?
He vivido la literatura con mucha pasión, y en serio creo que tener algo que escribir o que contar alegra la vida. Es como si uno se dedicara a tocar el violín y lo hiciera bien.

—Está terminando una nueva novela.
Empecé a escribirla hace tres años. Ya la terminé y la entregué. Su título es “Dándole pena a la tristeza”, y la presento a fines de junio, en el hotel Country Club.

Fuente: elcomercio.pe por Carlos Batalla

Aquí ni entrar y allá ni salir

En alguna oportunidad hemos dicho que Pedro Ureta Mille se hizo popular, más que por actor, por arquetipo de limeño locuaz, dicharachero, de vena criolla y de personaje de no muy común ingenio, considerándosele entre aquellos que como él han hecho historia por sus ocurrencias: Guillermo Pérez, Andrés Archimbeaud, Angel Hernández, entre otros, cuya presencia siempre fue grata en los limeñísimos establecimientos como lo fueron Los Balcones y el Café León, primero, y El Patio y El Edén, después desde donde hacían sus planes para no perderse una sola tanda del Teatro Segura.

Eran los tiempos cuando en el Teatro Segura ejercía la jefatura de taquilla Eduardo Larrea, cariñosamente llamado ‘El Chino’. Larrea, además de este cargo, ejercía las funciones de director de la cárcel de varones. Por razones de simpatía, los empresarios distinguían al ‘Chino’ Larrea otorgándole dos plateas en cada función que ofrecían para que pudiera atender familiares o invitados, de las que disfrutaban casi siempre los personajes antes citados.

De temporada una compañía de zarzuelas y operetas, que no era la de Faustino García, presentó la taquillera revista musical ‘Las Leandras’ y en una de las concurridas noches se apareció Pedrito Ureta con una linda chiquilla para disfrutar del anunciado espectáculo.

Frente a la boletería, Pedro le hizo una seña a Larrea para ingresar a lo que ‘El Chino’ respondió con otra seña para que esperara. Este intercambio de señas se hizo varias veces sin resultado positivo para Ureta.

En realidad, Eduardo ya había dispuesto de los asientos y, cuando había llenos, el empresario evitaba las entradas de oficio. Cansado de esperar, Pedro Ureta se acercó a la ventanilla de Boletería, produciéndose el siguiente diálogo:
– Oye, ‘Chino’, ¿qué pasa contigo? De un tiempo a esta parte te noto muy cambiado…
– ¿Yo, cambiado? No, Pedro, estás completamente equivocado.
– Sí ‘Chino’. Estás cambiado.
– ¿Cambiado? Pero… ¿por qué?
– Porque aquí no dejas entrar y allá (en el penal) no dejas salir.

Viernes 25 de mayo de 1990.

Por Gonzalo Toledo

Columna “Déjame que te cuente…” (Diario El Comercio)

Martín de Porres: el más humilde de los santos

Conociendo al santo de la escoba

No existe una imagen que nos indique a cabalidad cómo era Martín. Una escultura en madera hecha en el S XVIII, hallada por Aurelio Miró Quesada Sosa, es el documento gráfico más exacto para describir al santo.

En el momento que la escultura fue tallada Martín tenía 60 años. Pómulos altos, ojos redondos, cabello crespo y nariz un tanto elevada son los rasgos más saltantes del santo limeño.

Desde pequeño Martín amaba la naturaleza. Contemplaba con asombro los árboles y campos de cultivos de las haciendas limeñas. Tenía fascinación por observar cómo los productos del país crecían junto a los frutos traídos de España, como las cañas dulces y las espigas de trigo.

Cuando ingresa al convento dominico de Nuestra Señora del Rosario se dedica a cuidar y cultivar los jardines. Incluso viajaba a una hacienda que los padres dominicos tenían en Limatambo. El paisaje mestizo combinaba la belleza de las montañas con el olor a mar. Allí podía sembrar, caminar, rezar y curar sin que la vida agitada de nuestra joven capital lo perturbara.

Entre idas y venidas al campo y la ciudad es que ocurre una de las estampas más conocidas de San Martín: juntar a perro, gato y pericote alrededor de un solo plato. Sin embargo, este popular milagro no sería clave para su beatificación y posterior canonización.

Los milagros que lo consagraron como Santo

Para llegar a santo primero hay que ser nombrado beato. La Iglesia Católica encomienda a la Sagrada Congregación de Ritos evaluar al candidato quien para alcanzar la beatificación debe haber realizado dos milagros comprobados de acuerdo con los procesos apostólicos. En el caso de Martín de Porres se presentaron numerosos milagros, siendo los dos siguientes los más aceptados.

El primero fue el concedido a Elvira Moriano quien, según los médicos, perdería la visión del ojo derecho debido a una herida provocada cuando chocó contra una ventana. Un padre dominico le envió una reliquia de Fray Martín y le pidió se encomendara a él. A la mañana siguiente, su ojo estaba sano. Veinte testigos además del informe médico daban por verdadero el celestial hecho.

El segundo milagro comprobado fue el del niño Melchor Varanda, quien cayó del techo de su casa y se rompió el cráneo. Mientras los médicos daban por desahuciado al menor, la afligida madre clamaba la ayuda de Fray Martín. Al día siguiente, el pequeño se levantó como si nada hubiera pasado. Cinco personas corroboraron el hecho.

Para su canonización, la búsqueda de milagros traspasó nuestras fronteras. La Sagrada Congregación de Ritos aceptó dos casos ocurridos en Paraguay y España.

El primer milagro fue concedido en 1948 a Dorotea Caballero que había sido desahuciada por los médicos, pues no podía ser operada del estómago debido a su avanzada edad. Al encomendarse a Fray Martín sus males desaparecieron y logró vivir hasta los 91 años.

El segundo milagro lo recibió el niño Antonio Cabrera Pérez de cinco años, el cual tenía gangrena en la espalda y severas lesiones vasculares. La mano milagrosa de Fray Martín se hizo sentir en 1958 cuando Antonio quedó completamente curado.

La ceremonia en el Vaticano

El largo camino hacia la santidad culminó un 6 de mayo de 1962, cuando el Papa Juan XXIII lo proclamó santo durante una ceremonia en la Basílica de San Pedro, frente a miles de fieles entre ellos Antonio Cabrera y una delegación peruana que ocupaba un lugar relevante en presencia del Santo Padre.

Entre los devotos había barberos italianos que consideraban a Martín su patrono, pues el santo ejerció este oficio durante su juventud.

Para Juan XXIII Fray Martín era “el ángel de Lima”. Resaltó que sus tres principales virtudes eran la humildad, la penitencia y la caridad. También lo nombró el Patrono de la Justicia Social.

Fiesta en todo el país

Al mediodía fue la hora señalada para celebrar la canonización de Fray Martín en todo el Perú.

La capital amaneció embanderada. Los limeños festejaron y reventaron cohetones y bombardas. El sonido de las campanas se confundía con el ruido de las salvas de artillería y de los aviones a chorro.

El acto central fue el desfile cívico en el que participaron los colegios Nuestra Señora de Guadalupe, Alfonso Ugarte, Juana Alarco de Dammert, Mercedes Cabello, Pedro A. Labarthe, entre otros. También se unieron al homenaje las Fuerzas Armadas, las bandas militares de música, funcionarios públicos e instituciones religiosas.

En la Basílica de Santo Domingo, miles de fieles desfilaron frente al Altar Mayor donde estaba la imagen de Fray Martín.

Las banderas flamearon en Cusco mientras se realizaban misas en honor al nuevo santo. En Arequipa se dio una salva de 21 cañonazos y las campanas de las iglesias no dejaban de repicar.

Los aviones surcaron los cielos chiclayanos, mientras que en Ica las organizaciones religiosas repartieron velitas que serían prendidas durante el homenaje. Las sirenas del puerto y de las fábricas se escuchaban en todo Chimbote.

San Martín de Porres desde la óptica de Aurelio Miró Quesada Sosa y Víctor Andrés Belaúnde

Durante una conferencia sobre “Martín de Porres en el Arte y el Folclor”, Aurelio Miró Quesada Sosa expresó: “Hay un nimbo que rodea su cabeza en los altares. Pero junto a él hay otra luz, hecha con sus prodigios, sus curaciones y sus gracias, que han llegado al afecto popular, tanto como a la imaginación de los artistas y que envuelve la historia de Martín en una aureola de leyenda”.

Para Víctor Andrés Belaúnde el santo de la escoba es: “Nuestro caudillo, nuestro símbolo, nuestro jefe porque es para nosotros el lugarteniente de Cristo”.

La herramienta de trabajo de San Martín es la escoba que es, en palabras de Belaúnde, “símbolo de limpieza, de diligencia: limpieza de nuestras conciencias, limpieza de nuestras conciencias, limpieza de nuestros hogares y limpieza de nuestra Patria.”

Su vida y milagros en la gran pantalla

En 1961 se estrena la película española “Fray Escoba” protagonizada por el actor cubano René Muñoz (1938-2000). Su elección como San Martín se da de manera casual cuando estaba tomando un café en España.

A pesar de que interpretó otros roles en el cine y la televisión e incluso desarrolló una carrera como guionista, René nunca pudo desligarse de la imagen del santo.

Un mes antes de la canonización René Muñoz visitó Lima para promocionar la película causando furor entre los miles de seguidores quienes estaban asombrados por el gran parecido con el santo limeño.

Fuente: elcomercio.pe por Lili Córdova Tábori

Felipe Pinglo vale un Perú

El Fenómeno Pinglo es el que siempre aflora en este mes de mayo cantando al alma del pueblo con su infinita inspiración, con páginas inmortales como ‘El Plebeyo’, ‘La Oración del Labriego’, ‘El Huerto de mi Amada’, ‘Rosa Luz’, ‘Celos’, ‘El Espejo de mi Vida’ y otras que han hecho de nuestro cancionero todo un álbum de sentimiento y romanticismo. Felipe Pinglo Alva es el gran limeño que venciendo barreras sociales, geográficas y cronológicas, al morir el 13 de mayo de 1936, dejó la huella de mayor hondura en la historia de nuestro acervo. Sus padres, Felipe Pinglo Meneses y Florinda Alva Casas, que contrajeron matrimonio en la Parroquia del Cercado de Lima el 4 de agosto de 1898, jamás imaginaron que el niño que naciera el 18 de julio del siguiente año, sería el predestinado a engrandecer y ennoblecer la canción de su ciudad. Mamá Florinda sólo sobrevivió una semana, dejando de existir el 25 de julio y el vástago fue llevado de la calle del Prado a casa de las tías Gregoria y Ventura Pinglo Meneses en el hoy jirón Amazonas, donde se le prodigó el calor del hogar.

El pequeño barrioaltino fue bautizado en la ya referida Parroquia del Cercado el 4 de setiembre del mismo año, siendo su padrino don Julio Gutiérrez. Pusiéronle por nombre: Julio Felipe Federico. Mimado por las tías hizo sus estudios en la Escuelita de la calle Naranjos, entonces dirigida por el maestro Mena y fue preparado para la Primera Comunión, que tuvo lugar el 15 de agosto de 1910 en la Iglesia de San Francisco de Asís.

Desde el siguiente año fue guadalupano para concluir la Educación Primaria y continuar con la Secundaria. Luego servidor público en la Dirección del Tiro Nacional. Su padre falleció el 4 de noviembre de 1932, la tía Gregoria en 1934 y la tía Ventura en 1936, dos meses después que Felipe.

Tiempo habrá para hablar de la grandeza de la obra del bardo inmortal, José María Arguedas decía: «Felipe Pinglo enseñó a los limeños a querer su música criolla» y, así como Arguedas, muchas personalidades han expresado su admiración por el poeta popular iluminado.

Felipe nació, se formó y vivió hasta su muerte en los limeños Barrios Altos. Y si alguna vez se alejó, sólo fue brevemente y una sola, cuando por algunos meses frecuentabab La Victoria. En ese breve tiempo de ausencia de su Mercedarias, nació el mejor homenaje a su reducto inolvidable: ‘De Vuelta al Barrio’. En este canto se exaltan a los apetitosos potajes de doña Cruz, a los manjares de doña Isabel, a la Cena de los Chinitos, la fonda criolla y la bodega de la esquina de Mercedarias y espalda de Santa Clara, bodega del italiano conocido entonces con el sobrenombre de «Don Nicola», pero que en la vida real era don Silvio, probablemente, el mismísimo italiano que dio vida a la celebrada farsa criolla de la inventiva de don Fausto Gastañeta, ‘Doña Caro y sus Hijas’. Silvio, que al dejar Mercedarias, pasó a la Bodega ‘La Toma d Trieste’ en la calle La Confianza, luego a la Avda. Manco Cápac y, finalmente, al Bar ‘Superba’ de la Avda. Petit Thouars.

En el Superba, Silvio vivió sus últimos años y en sus nostálgicos relatos nos hablaba de Mercedarias, de Felipe, de los bohemios del barrio, de los «hueleguisos», de los «perromuerteros» y de los valientes como Genaro, el Brujo, Solimano, Pilita y Sabandija, así como también de todos aquellos que le cuidaban la espalda.

Así pues, es la vivencia de los viejos barrios limeños, donde a la postre siempre algo queda en el corazón del pueblo, como en este caso, Felipe Pinglo Alva.

Hoy, nos acordamos todo lo que decía el poeta criollo Carlos Romero Leith en una madrugada con sabor a pisco y humeantes tamales: «Antes que Pinglo la canción criolla no tenía acogida. Recién con él encuentra un sitio de honor». Y recalcaba: «Felipe Pinglo vale un Perú, porque es lo mejor de nosotros mismos».

Sábado 12 de mayo de 1990.

Por Gonzalo Toledo

Columna “Déjame que te cuente…” (Diario El Comercio)